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Evitar los efectos permanentes de la COVID-19

Rafael Doménech, BBVA España



18/5/2020

Pese a las incertidumbres todavía existentes, quedan pocas dudas de que la crisis económica provocada por la COVID-19 será la más intensa desde el final de la Segunda Guerra Mundial. 

El confinamiento y el cierre de actividades productivas han provocado una caída trimestral del PIB de España del 5% en el primer trimestre. Además, el deterioro será mayor en el segundo, pudiendo llegar a superar incluso el 20%. Las semanas de confinamiento han triplicado las del primero y la recuperación durante la desescalada será muy gradual, asimétrica entre sectores e incompleta. 

De la contabilidad trimestral del INE y de los datos de afiliación puede inferirse que el PIB crecía a tasas trimestrales entre 4 y 5 décimas hasta la declaración del estado de alarma, momento a partir del cual la actividad cayó cerca del 35% en media.

Cientos de miles de empresas han paralizado su actividad y un porcentaje elevado no podrán sobrevivir a la crisis. A la destrucción de empleo (1,2 millones hasta finales de abril respecto al escenario en ausencia de la COVID-19) se suman más de 3 millones de trabajadores en ERTE. El consenso indica que la caída del PIB en España durante 2020 se situaría entre los 8 y 10 puntos, que la tasa de desempleo superará el 20% y que la contracción, aun siendo temporal, será más profunda que para otras economías de la UE. Primero, porque la crisis sanitaria ha sido más acusada que en países como Alemania, Austria o Dinamarca, y las restricciones a la movilidad, más intensas. Segundo, porque la recuperación será más lenta en sectores que, como el turismo, se ven más afectados por las medidas. Tercero, por una demografía empresarial caracterizada por numerosas pequeñas empresas con menor capacidad financiera, por las ineficiencias del mercado de trabajo y la destrucción de empleo temporal. Y cuarto, por la dependencia de algunos sectores al comercio internacional y a las cadenas globales de producción.

 Ahora lo importante es afrontar el futuro con las medidas adecuadas para reducir los efectos permanentes sobre la economía, y que la crisis no dé lugar a un aumento del desempleo estructural y del paro de larga duración, a una caída permanente de rentas y a un incremento de la desigualdad. Si estas eran ya debilidades crónicas de la economía española, hay que hacer lo posible para que no se agraven aún más tras esta crisis.

Para ello es fundamental trabajar en varios frentes. Primero, realizar una desescalada segura y eficiente que lleve a la economía a la frontera de posibilidades de maximización de la seguridad sanitaria y de la actividad económica, evitando así quedarse en un punto alejado de lo que consiguen otros países. Ni la alternativa de mantener el confinamiento hasta que desaparezca el virus ni, en el otro extremo, recuperar la actividad económica sin seguridad sanitaria son opciones consistentes con las preferencias sociales. 

Dadas las incógnitas todavía existentes, además de ensayar con la estrategia de desescalada, corregir rápidamente lo que no funcione y tener en consideración las mejores prácticas internacionales, hay que realizar pruebas, monitorizar y controlar la pandemia (test, track and trace) con las tecnologías ya disponibles. En lo económico, resulta crucial proporcionar certidumbre y consensuar medidas con todos los agentes que deben aplicarlas. Como las empresas de distintos sectores se enfrentan a situaciones muy diferentes, el diálogo continuo y la colaboración público-privada a nivel sectorial son fundamentales.

Segundo, las políticas de demanda y de rentas no bastan. La COVID-19 y la amenaza de riesgos similares en el futuro supone una perturbación de oferta con enormes efectos sobre cómo se realizarán a partir de ahora las actividades económicas, se organizarán los procesos productivos y se consumirán muchos bienes y servicios. 

Todo ello exigirá políticas de oferta para afrontar los nuevos retos y las exigencias del cambio climático y de la transformación digital en marcha, con mercados más eficientes, competitivos y flexibles, y con un sistema productivo que disponga de las infraestructuras y del capital físico, tecnológico y humano adecuado.

Tercero, la cooperación, ayuda y coordinación internacional, especialmente en la UE a través de un fondo de recuperación y políticas comunes, son absolutamente necesarias para abordar con éxito estos retos globales. 

Es mucho más lo que un conjunto de pequeñas economías abiertas como las europeas podrán conseguir juntas que por separado.

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